
La mentira es un comportamiento negativo, que en la mayoría de los casos suele ser perjudicial sobre todo para la convivencia, incluso algunas lo hacen durante años en su entorno laboral. Ni hablar en las relaciones personales, lo mejor es evitar esta actitud.
Pero para quienes han hecho de ésta un refugio para cubrir algún delito, existen los llamados detectores de mentiras, conocidos científicamente como polígrafos.
Estas máquinas miden cambios fisiológicos de un individuo ante una serie de preguntas, monitoreando diferentes variaciones como los cambios de presión arterial, ritmo cardíaco, frecuencia respiratoria y respuesta galvánica. Estos instrumentos pueden detectar comportamientos sospechosos de una persona que posiblemente oculta la verdad.
Por ejemplo, en EEUU, los polígrafos son utilizados como complemento en investigaciones criminales, mientras que en otros países se usan como prueba para reclutamiento de personal en determinadas entidades públicas o del sector privado.
Por lo general, cuando mentimos hay reacciones difíciles de controlar:
- Nerviosismo
- Estrés
- Aumento de pulsaciones
- Sudoración
Según un estudio de la American Psychological Association (APA), no decir la verdad genera un deterioro en la salud: estrés, dolor de cabeza, problemas de garganta y tristeza.
“Decir la verdad mejora la calidad de las relaciones personales y estas, a su vez, mejoran la calidad de vida”, señala la APA.
Y es que las mentiras están relacionadas con la segregación de las hormonas causantes del estrés, el aumento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Unos procesos que reducen los anticuerpos para combatir las infecciones en sangre y que pueden causar desde dolores de espalda y cabeza, hasta problemas menstruales e incluso infertilidad.
El estrés es un hecho habitual en nuestras vidas. No puede evitarse, ya que primeramente cualquier cambio al que debamos adaptarnos representa estrés.
El entorno nos bombardea constantemente con demandas de adaptación, las exigencias que representan las relaciones interpersonales, los horarios laborales, las normas de conducta y muchas otras amenazas a nuestra seguridad y autoestima.
La segunda fuente de estrés es fisiológica. Los momentos difíciles que representa la adolescencia, el envejecimiento, la enfermedad, los accidentes, los trastornos del sueño, entre otras. Todas son circunstancias que afectan al organismo.
Este proceso se traduce en una serie de cambios físicos observables, así, por ejemplo, las pupilas se agrandan para mejorar la visión y el oído se agudiza. Los músculos se tensan para responder al desafío, la sangre es bombeada hacia el cerebro para aumentar la llegada de oxígeno a las células y favorecer así los procesos mentales que están ocurriendo. Las frecuencias cardíacas y respiratorias aumentan, y como la sangre se desvía preferentemente hacia la cabeza y hacia el tronco, las extremidades, sobre todo las manos y los pies, se perciben fríos y sudorosos.
La tercera fuente de estrés proviene de nuestros pensamientos. El modo de interpretar y catalogar nuestras experiencias y el modo de ver el futuro pueden servir tanto para relajarnos como para estresarnos. Por ejemplo, una mirada agria del jefe puede interpretarse como reprobatoria de nuestro trabajo y provocar, por tanto, ansiedad, o bien entenderse como un signo de cansancio y de preocupación por problemas de índole personal y no resultar motivo de temor.
Así pues, decir la verdad es la mejor forma de reducir el estrés, mejorar la calidad de vida y superar los problemas de cualquier índole.
Fuente: El Confidencial
