
«La falsedad es fácil, la verdad es muy difícil.» – George Eliot
¿Qué tan seguro estás que puedes saber cuándo un niño miente? ¿Y si fuera uno de tus hijos?
En algún momento cada padre pasará por este escenario, la cuestión de que si un niño dice o no la verdad surge con frecuencia en entornos diferentes, ya sea en las escuelas, en los tribunales, o en centros de detención de menores. Es una pregunta que se espera que los jueces de primera instancia, maestros, psicólogos, oficiales de policía y trabajadores sociales, respondan de manera regular. Sin embargo, ¿Cuán efectivos son estos profesionales que han sido capacitados para encontrar la verdad?
Varios estudios han demostrado que los niños comienzan mentir deliberadamente a partir de los 3 años, la capacidad de reconocer que un niño está mintiendo o evadiendo la verdad no es tan fácil como se podría pensar.
Al igual que la investigación de cómo se puede detectar la mentira en los adultos, la mayoría de las personas creen que son muy buenas detectando mentiras, dependiendo a menudo de ciertas señales para determinar si alguien está mintiendo o no. Estos indicios pueden incluir: incapacidad para encontrarse con los ojos del interlocutor, inquietud, nerviosismo, dificultad para hablar, o expresiones faciales que reflejan temor.
No importa cuán confiada la gente pueda estar sobre si estas señales pueden ayudar a identificar la mentira, su verdadera exactitud en la captura de mentirosos rara vez es por casualidad. Incluso para individuos con capacitación profesional, como maestros, psicólogos o trabajadores de protección infantil, la trayectoria real para detectar el engaño no es nada alentador.
Al estudiar el comportamiento de mentir en los niños, los investigadores han descubierto que incluso los niños pequeños pueden manejar ciertos tipos de mentiras (como negar que ocurrió un cierto evento) aunque son especialmente propensos a la «fuga», es decir, señales verbales o no verbales que sugiere que no están diciendo la verdad. Sin embargo, a medida que los niños se vuelven más maduros, su capacidad para decir una mentira convincente y controlar las fugas se hace mucho mayor. También se vuelven expertos en la elaboración de mentiras pasadas, proporcionando nuevos detalles para hacer la mentira original más plausible. Y dada la importancia del testimonio infantil en los casos forenses, especialmente cuando se sospecha abuso físico o sexual infantil, el rol potencial del «coaching» de niños, en respaldo a distorsionar la verdad, se ha convertido en el centro de numerosos estudios en los últimos 20 años.
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Un nuevo estudio publicado en la revista Law and Human Behavior (Derecho y Comportamiento Humano) examina recientes investigaciones sobre la eficacia de los adultos en la detección de la mentira en los niños. Nicholas Scurich de la Universidad de California, y un equipo de colegas investigadores combinaron los datos de 45 experimentos con 7893 jueces adultos y 1858 niños. En todos estos experimentos, se les mostró a los jueces videos de declaraciones de niños y se les pidió que decidieran si estaban dando una declaración de hechos o una declaración falsa. La mayoría de los jueces no tenían entrenamiento formal en detectar mentiras en niños, solo en 12 experimentos estaban implicados profesionales entrenados tales como profesores, trabajadores sociales, oficiales de policías, psicólogos, y otros profesionales del sistema de justicia.
El tipo de mentira que se utilizó en los experimentos se dividió en tres categorías:
- Entrenamiento explícito, en el que un adulto proporciona detalles específicos para que un niño haga declaraciones como única verdad (a menudo en forma de una historia).
- Entrenamiento implícito, un adulto proporciona un número de detalles a la historia, de modo que un niño podría crear una historia plausible.
- Mentira autogenerada, en la que un niño es tentado a mentir sobre una transgresión específica o algo que fue testigo. Uno de los paradigmas de investigación más comunes en esta categoría, implica dejar a un niño solo en una habitación con un juguete nuevo y emocionante colocado detrás de ellos en el que se le dice al niño que no mire. Al regresar a la habitación, el experimentador pregunta al niño si miraba o no. La mayoría de los niños son incapaces de resistir la tentación de mirar a escondidas y, como resultado, mienten. En algunos experimentos, a los niños también se les pide que adivinen el nombre del juguete. La forma en que los niños responden acerca de si miraban o no, se graban en una cinta de video para que los participantes adultos puedan hacer su propio juicio sobre si el niño estaba mintiendo o no.
En estos experimentos se evidenció que no es mucha la diferencia entre profesionales capacitados y los no capacitados para detectar la mentira en niños. Los adultos tienden a ser más preciso en la detección de la mentira en niños muy pequeños y menos precisos para detectar la mentira en niños mayores.
La forma en que los adultos manejan la cuestión de si un niño miente o no, puede influir en cómo los niños están dispuestos a confiar en el engaño en un futuro, incluso después de que se conviertan en adultos. Los niños también son observadores muy agudos de la naturaleza humana. Esto significa que sus actitudes hacia la mentira son frecuentemente determinadas por lo que ven en los adultos o niños mayores.
FUENTE: Psychology Today
